“20 años esperando a mi hijo”; María Dilsa

 

Maria Dilsa Espinoza madre de Didier/Semana

Mocoa

Por: Germán Arenas Usme

@gerperiodista

María Dilsa Espinoza es una mujer campesina que habitó en el lejano municipio de San Miguel al sur del Putumayo en límites con el país del Ecuador.

Su vida cambió un miércoles 13 de julio del 2000 cuando la guerrilla de las Farc se lo arrebató del seno de su hogar cuando jugaba billar con un grupo de amigos en la vereda El Sábalo municipio de San Miguel.

Didier el mayor de sus 5 hijos le gustaba la plata y con lo que se ganaba en la calle le ayudaba a sostener el hogar, recuerda Dilsa mientras seca un par de lágrimas que brotan de sus oscuros ojos.

Oscar Lin Troches padre y quien trabajaba como conductor de camionetas de servicio público entra La Hormiga y San Miguel no dudo un minuto al enterarse  del reclutamiento forzado  de su hijo. De inmediato se desplazó hasta la vereda El Sábalo para buscarlo, pero su intento fu en vano, nadie le daba una razón certera solo especulaciones.

En una de esas búsquedas se entrevistó con un miliciano quien le dijo que el domingo venidero le daría razón de su hijo y los cito en un punto en medio de la selva.

Ese domingo, Dilsa se despertó lo más temprano que pudo. Junto a su esposo emprendió aquel camino hacia la vereda a la que su hijo llegó en busca del trabajo prometido. Las contadas charlas con milicianos de la zona no arrojaron ningún indicio. Fue un día perdido, pues la información era escasa y la única probabilidad era que se encontrara con el comandante en la cordillera. La semana pasó sin noticias nuevas. Dilsa no esperó más y recorrió todo San Miguel recogiendo 300 firmas con las que pediría la liberación inmediata de su Didier.

Después de un viaje en chalupa y de atravesar el río, Dilsa conoció por primera vez el Frente 48 de las Farc. La separaron de su esposo y la postraron sobre una butaca para que dejara de llorar. Los guerrilleros empezaron a hablar con Oscar, quien en un intento de “abrirles el corazón”, explicaba cuán duro sería la pérdida de un hijo para Dilsa. No consiguió remover ni un pedacito de lástima, ternura o valentía. Poco a poco, llegó el momento en el que Dilsa tomó la vocería y fue  escuchada por los guerrilleros. En la memoria de sus captores, Didier solo era un joven llorón que fue tratado como “nena” y “marica”, pues sus lágrimas representaban debilidad.

En su travesía, Dilsa conoció a alias ‘Lucho’, el  comandante del Frente 48.

En ese instante, alias ‘Lucho’ increpó a la madre de ser una maltratadora. Ella, con sus cinco hojas atiborradas de firmas y las lágrimas en sus ojos, dejó atrás cualquier sentimiento de miedo. Sabía que su fuerza y valentía le permitirían regresar con su hijo a su casa de madera en el pequeño San Miguel. Allí verían a sus otros cuatro hermanos.

Fue tanto la valentía de la madre que le dijo de frente a los guerrilleros que su hijo no debería estar en el monte escondiéndose como cualquier delincuente sino, estudiando junto a su familia para ser alguien en el futuro un profesional y ayudarle a la comunidad y ser orgullo de patria y no de la subversión.

Palabras que retumbaron en toda la selva ante la mirada atónita del comandante “Lucho” y sus comandados. “Estoy viva de vaina”, recuerda Dilsa.

Los días pasaron y a los dos meses, la guerrilla le dejó ver a su hijo. Dilsa fue acorralada por un centenar de guerrilleros y, a lo lejos, venía Didier, uniformado y con fusil al hombro. Primero le pidió la bendición que tanto necesitaría. Después miró a su hermana, una pequeña de un año que era la luz de sus ojos. La abrazó y le dijo “algún día nos volveremos a ver”. Luego, le habló a Dilsa.

Caminaron hacia unas bancas de madera en la cancha de reuniones guerrilleras. Se sentaron e inició una conversación que no debía ser escuchada.  Mirando a su madre, Didier le dijo que saliera del Putumayo y, por el bien de la familia, se llevara a sus hermanos lo más lejos posible: “Escóndanse porque yo pienso desertar. Ellos me dan papaya y yo me vuelo”.

Fue la última vez que Dilsa lo vio. Ese día se llamaba ‘Nelson’, como el alias que le habían designado. Tiempo después, Dilsa descubrió que el apellido de aquel nombre era de carácter relevante, pues ese nombre era común en aquel grupo. Desde allí recuerda las tantas veces que escuchó bombardeos o los veía en las noticias. Para ella esos días eran grises, pues en su corazón siempre vivía la incertidumbre de que su hijo pudiese estar allí donde habían matado o donde había muchos muertos.

Hoy Dilsa vive en Cali. Salió de San Miguel por el recrudecimiento de la guerra y por las amenazas de la guerrilla, que la amenazó con que perdería a dos de sus hijos si no se marchaba.

Acción Social la ayudó a conseguir su casa en Cali, además de comida y los utensilios que necesitaba. El programa de reparación a víctimas le dijo que podrían pagarle por su hijo después de que se firmase la paz, siempre y cuando él estuviera muerto. Aquella no era la respuesta que quería escuchar, pues en su corazón no hay dinero que logre subsanar lo que representa una pérdida y una  vida llena de enigmas.

Dilsa entró a trabajar en servicios generales en una entidad del gobierno y no dejaba de mirar las noticias con la esperanza de algún indicio que le revelara dónde se encontraba su hijo: vivo o muerto. Lamenta que, si Didier vuelve algún día, encontrará a su familia reducida, pues su padre y una de sus hermanas ya no están para recibirlo.

El proceso de paz con las FARC en la Habana fue algo alentador y todavía hay una esperanza para esta mujer que dejó de peregrinar tras sus rastros. Hoy hay algo que la inquieta: ¿quién es Didier ahora?

No sabe si su hijo trigueño, de ojos café y pelo ondulado  será el mismo que ella conoció. Ese es su miedo más grande. Y su mayor preocupación porque no ha regresado a casa si ya se acabó el conflicto armado entre el Gobierno Nacional y la guerrilla de las Farc.-