Llego la energía pero la violencia no se borra en el bajo Putumayo

Jaime Congote, habitante de Villa Leyva Putumayo/Colprensa

Mocoa/Colprensa

 Aún las huellas de lo que fue la violencia en el bajo Putumayo no se han borrado de los recuerdos de muchos de los habitantes que tuvieron que convivir con el miedo y el temor que generaban los grupos armados ilegales que querían imponer su ley en estas selváticas tierras al sur de Colombia.

Jaime Congote, es uno de esos hombres que recuerda como si fuese ayer esos momentos por el cual, él y su familia tuvieron que padecer por culpa del conflicto armado en su vereda Villa Leyva jurisdicción del municipio de Orito, donde apenas este año llego la energía eléctrica gracias al Gobierno Nacional.

Este hombre de 68 años originario de Cali, cuya profesión era sastre, llegó a la vereda en 1990 porque unos familiares suyos vivían allí y él venía a visitarlos. “Me quedé por aquí porque conseguir dinero en la ciudad es difícil. Entonces me encapriché y me quedé en el monte. Pero me arrepiento, allí la vida era buena”. Agrega que “aquí el gobierno nos da muy duro… Siempre es críticas, humillaciones, fumigaciones, grupos al margen de la ley y  paramilitares”. 

Jaime, vivió el secuestro de su hermano tres veces. La primera fue la guerrilla, le sacaron 500 millones de pesos que, según la familia,  fue por vacuna. “Fuimos lo rescatamos, se vendió el carro, se pasó plata en Cali y se pagaron los 500 millones de pesos. Luego llegaron los paramilitares, lo cogieron y le dijeron que si tenía plata para pagarle a las FARC, a ellos les debía el triple. “2.000 millones de pesos nos sacaron”.

Y la última, en 2008, cuando paramilitares y otros grupos armados al margen de la ley se organizaron para delinquir. Entonces, desaparecieron a su hermano  en Santo Domingo de Corabas. “Me decían ‘usted sabe, paga o lo matamos’. Pero ya no teníamos más plata, aquí es un abuso con la gente civil”. Congote duró tres años buscando a su hermano por cielo y tierra. Él vive solo, tiene su tienda y su casa, su esposa vive aún en Cali. Tiene un hijo en Orito y una hija en Pitalito. La guerra poco a poco fue separando  su familia.

Dice que el posconflicto no les ayudó en nada, que la guerra siempre les arrebata lo que tienen, que sus ranchos y veredas son trajeadas por el estado. “Con la firma de paz se acabó un grupo, pero quedan otros, aquí han venido a chantajearme,  a decir que ellos son los que mandan, que les tengo que dar esto o les desocupo el lugar. Entonces uno siempre está bajo su dominio”.

“Los impuestos siempre los termina pagando el campesino. Ya que si un grupo al margen de la ley cobra impuestos, el agricultor le sube a la papa, a la yuca y por ende los supermercados aumentan sus precios, Le suben por una vacuna, esa es la excusa, pero siempre la plata sale del pobre campesino”.

La economía del Putumayo depende del ganado y el cultivo de coca. Don Jaime siembra pimienta, plátano y cacao, pero eso no le da para comer. Por eso miles de familias se dedican a cultivar coca, porque les genera mayores ganancias. “Un tipo se puede echar tres arrobas y en 3 meses saca 400.000 pesos, que es lo que da una hectárea de cacao al año. Pero cuando los ‘paras’ vienen, le piden a uno lo de dos arrobas. Siempre bajo el dominio del más fuerte”.

Las zonas que rodean la vereda Villa de Leyva son tropicales, en las que el sol y la lluvia aparecen de forma constante. La coca es un producto que no da racimo, como el plátano o el cacao, sino que da hojas como la hierba.  “Usted nunca espera un racimo, sin embargo del plátano llegan miles de enfermedades a largo tiempo.  En cambio la coca, usted como la cultiva cada dos meses, únicamente le arranca la hojita y ya está”. El clima convierte al departamento en un buen terreno para el ganado y la coca.

Los campesinos necesitan energía y recursos. Sacar racimos de plátano no es rentable, ya que  les toma 3 o 4 horas de camino traerlos y les cobran 30 mil pesos por cada uno, y en el pueblo los venden a 50 mil. Les sale mejor no sembrar nada, porque no hay forma de transportarlo. “Antes había mucha gente, entonces consumían, había trabajo y así la gente consume. ¿Qué se hace hoy en día si no hay gente pa’ trabajar? La única forma son los cultivos y por eso la gente se está desplazando”.

Congote, que no encuentran trabajo aquí, ha sido testigo de cómo su vereda se convirtió en un pueblo fantasma desde cuando se fumigó coca por primera vez, hace cerca de 20 años. “Yo no me he ido y aquí he bregado a sobrevivir, ya me acostumbré a estar acá, a mí la humanidad me quiere bastante, yo aquí soy don Jaime y uno como que se encariña, además ya estoy viejo, pero yo me voy a ir, este año estoy haciendo un rancho en Orito y me voy para allá”.

No contar con servicios básicos y vivir en constante amenaza por cuenta de la seguridad de la zona, ha hecho que las personas se vayan de estas veredas. Don Jaime cuenta que antes había un promedio de 60 alumnos, 3 profesores y buenas aulas de clase. Pero hoy, usted va y hay 6 alumnos “la gente por medio de la erradicación se fue a Nariño, Cauca, esa población quedó desolada”.

“Nosotros vimos como el Ejército quemó una casa y les dijimos por qué hacen eso y ellos dijeron ‘nosotros no fuimos’. Es un abuso, pero como es la ley, uno no puede decir nada o lo callan. Entonces uno tiene que irse desplazando por que qué más, así la ART traiga sus plantas solares, ahí les quedará tirado, porque uno qué se va a poner a cargar eso si en el pueblo ya hay forma de sobrevivir”.

Este caleño hace parte de esos campesinos que andan con una escopeta en su cuarto. Pero también es de los que confían en que algo bueno llegue a la vereda y les cambie la vida. Sin embargo, de tanto esperar ya van tres décadas al cabo de las cuales, apenas tuvo acceso a la luz eléctrica.

Alumbrar con velas o utilizar mecheros para cocinar, ir al baño y ver en la oscuridad parece la trama de una película del siglo XIX, donde los servicios básicos son lujos para la comunidad. Pero no, es la realidad de 43 familias rurales en dos veredas de Putumayo a quienes, como paliativo al olvido estatal, la Agencia de Renovación del Territorio (ART) les instaló paneles solares.-